Cuando sientes que estás a punto de explotar: no necesitas aguantar más

Cuando sientes que estás a punto de explotar: no necesitas aguantar más

Por: Dra. Ivelisse Adorno

Hay momentos en los que una no explota por lo que acaba de pasar, sino por todo lo que llevaba demasiado tiempo guardando. La conversación que evitaste, el cansancio que minimizaste, aquel “no pasa nada” cuando sí pasaba, las veces que dijiste que sí queriendo decir que no y las responsabilidades que seguiste aceptando porque pensaste que tenías que poder con todo.

Entonces ocurre algo aparentemente insignificante. Alguien hace un comentario, te cambian un plan, recibes un mensaje en el momento equivocado o aparece una petición más cuando ya sentías que no podías con otra cosa. Y explotas. Para quien está mirando desde afuera, tu reacción puede parecer exagerada porque está viendo solamente lo último que ocurrió. Tú, sin embargo, estás reaccionando también desde todo lo que venías acumulando.

Quizás por eso la pregunta no debería ser únicamente: “¿Por qué reaccioné así?” También necesitamos preguntarnos: “¿Qué llevaba acumulando antes de reaccionar?”

Aguantar no siempre significa estar bien

Nos han enseñado a admirar a la persona que puede con todo. La fuerte, la que resuelve, la que continúa funcionando aunque esté cansada, la que cuida de los demás y la que responde “estoy bien” casi automáticamente. El problema es que podemos confundir fortaleza con la capacidad de ignorar indefinidamente lo que está ocurriendo dentro de nosotros.

Puedes seguir trabajando, sirviendo, cuidando, cocinando, emprendiendo, atendiendo a tu familia y cumpliendo con todas tus responsabilidades mientras emocionalmente te estás acercando a tu límite. Desde afuera todo puede parecer perfectamente normal. Incluso tú puedes convencerte durante un tiempo de que estás bien porque todavía eres capaz de funcionar.

Pero poder continuar no significa necesariamente que debas seguir cargando de la misma manera. Hay una diferencia entre perseverar durante un proceso difícil y acostumbrarte a vivir sobrecargada hasta que cualquier situación se convierte en el detonante de una explosión.

La explosión casi nunca comienza en el momento de la explosión

Una de las ideas que atraviesa Delicada como bomba es precisamente esa: antes de la explosión hubo un proceso. Hubo cosas que se fueron acumulando, situaciones que no atendimos, emociones que quizás no supimos identificar y límites que no establecimos. Cuando solamente miramos el momento de la reacción, nos perdemos buena parte de la historia.

Por eso es importante comenzar a reconocer nuestras señales. Quizás últimamente tienes menos paciencia, reaccionas con una intensidad que después ni tú misma comprendes, lloras con facilidad, quieres aislarte o sientes que cualquier petición adicional se convierte inmediatamente en “una cosa más”. Esas experiencias pueden tener causas muy distintas y no debemos simplificarlas, pero sí pueden invitarnos a prestar atención.

Antes de juzgarte por tu reacción, observa qué estaba sucediendo antes de ella. ¿Cuánto tiempo llevabas cansada? ¿Qué preocupación ocupaba tu mente? ¿Qué conversación estabas evitando? ¿Qué necesidad estabas ignorando? Entender el contexto no elimina nuestra responsabilidad por lo que hacemos, pero sí puede ayudarnos a comprender qué necesitamos trabajar.

No se trata solamente de aprender a controlarte

Después de una explosión es fácil concentrarnos exclusivamente en la conducta: “No vuelvas a gritar”, “No contestes así”, “Tienes que calmarte”. Claro que aprender a responder de manera saludable importa. Nuestras emociones pueden explicar una reacción, pero no convierten automáticamente cualquier reacción en correcta.

Sin embargo, trabajar únicamente con el momento de la explosión es insuficiente. Si nunca examinamos la acumulación, podemos terminar repitiendo el mismo ciclo: acumulamos, explotamos, nos arrepentimos, prometemos controlarnos mejor y comenzamos a acumular nuevamente.

Romper ese ciclo requiere hacernos preguntas más incómodas:

¿Qué conversación estoy evitando?

¿Dónde necesito establecer un límite?

¿Qué expectativa necesito revisar?

¿Estoy cargando responsabilidades que no me corresponden?

¿Qué intento controlar porque me asusta soltarlo?

Y quizás una de las preguntas más difíciles: ¿qué sigo diciendo que está bien cuando sé que realmente me está afectando?

Dios no necesita una versión editada de ti

A veces nuestra costumbre de aparentar fortaleza también entra en nuestra relación con Dios. Sabemos qué palabras utilizar, sabemos dar gracias y sabemos decir que confiamos. Pero eso puede convertirse en una forma de esconder incluso delante de Dios aquello que Él ya conoce.

La Biblia no nos presenta solamente personas hablando con Dios desde la tranquilidad y la certeza. También encontramos miedo, frustración, cansancio, tristeza, preguntas, lamento y confusión. La relación con Dios no requiere que primero organicemos perfectamente nuestras emociones para entonces acercarnos a Él.

Quizás una oración profundamente honesta puede comenzar sencillamente con: “Señor, esto es lo que realmente está pasando dentro de mí.” Sin adornarlo. Sin espiritualizarlo demasiado rápido. Sin pretender que algo dejó de doler solamente porque sabemos que Dios está con nosotros.

La fe no necesariamente hace desaparecer una emoción en el momento en que oramos. Lo que sí puede hacer es ofrecernos un lugar desde el cual procesarla, examinarla y decidir cómo responder. Acercarnos a Dios no significa renunciar a nuestra responsabilidad; puede ayudarnos precisamente a asumirla con mayor claridad.

Lo que hacemos con lo que sentimos

La Biblia no nos enseña a negar nuestras emociones, pero tampoco nos invita a entregarles el control de nuestras decisiones. En Efesios 4:26 encontramos una expresión poderosa: “Airaos, pero no pequéis”. El texto reconoce la presencia de la ira y, al mismo tiempo, establece una diferencia entre sentirla y aquello que decidimos hacer desde ella.

Eso es importante porque podemos caer en dos extremos. En uno pensamos que sentir ira, frustración o tristeza nos convierte inmediatamente en personas espiritualmente deficientes. En el otro utilizamos lo que sentimos para justificar cualquier reacción. La Escritura nos presenta una alternativa: reconocer lo que ocurre dentro de nosotros y asumir responsabilidad por nuestra respuesta.

Proverbios 4:23 nos dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.” Guardar nuestro corazón no significa esconder lo que sentimos, ponerle una tapa y continuar acumulando. Implica prestar atención a nuestro mundo interior porque lo que permitimos crecer allí termina influyendo en nuestra manera de pensar, hablar, relacionarnos y responder.

Santiago añade otra dimensión cuando escribe: “Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:19–20). Me llama la atención que el texto nos habla de velocidad: pronto para escuchar, lento para hablar y lento para airarnos. En otras palabras, no todo lo que sentimos requiere una respuesta inmediata.

Entre lo que ocurre y nuestra reacción existe un espacio en el que podemos aprender a detenernos, escuchar, discernir y escoger. A veces ese espacio será suficiente para guardar silencio unos minutos. Otras veces necesitaremos alejarnos de una conversación, orar, escribir lo que estamos sintiendo, establecer un límite, pedir perdón, buscar consejo o reconocer que llevamos demasiado tiempo cargando algo que necesita atención.

Entonces la pregunta deja de ser solamente “¿Cómo hago para no sentir esto?” y se convierte en algo mucho más útil: “¿Qué voy a hacer con lo que estoy sintiendo?”

Sentir la mecha encenderse no significa que estamos obligadas a explotar.

Tal vez hoy no necesitas aguantar más

Decir que no necesitas aguantar más no significa abandonar tus responsabilidades, hacer lo primero que sientes o justificar una reacción destructiva. Significa que no tienes que esperar hasta explotar para reconocer que algo necesita atención.

Puedes hablar antes de llegar al límite. Puedes establecer un límite antes de sentir resentimiento. Puedes pedir ayuda antes de estar completamente agotada. Puedes descansar antes de que tu cuerpo te obligue a hacerlo. Puedes reconocer una emoción antes de que esa emoción termine decidiendo por ti. Y puedes llevar delante de Dios aquello que estás sintiendo antes de convertirlo en otra cosa que guardar.

Ser delicada no significa ser débil, de la misma manera que ser intensa no significa vivir fuera de control. Esa fuerza que llevamos dentro puede convertirse en una explosión cuando permanece acumulada y sin dirección, pero también puede convertirse en una fuerza capaz de crear, construir, defender, amar, transformar e impactar.

Ese es precisamente el espacio que quiero crear en este blog: un lugar donde podamos hablar de lo que nos llena, de lo que acorta nuestra mecha y de aquello que necesitamos procesar antes de explotar. No para aprender simplemente a contenernos mejor, sino para conocernos, asumir responsabilidad por nuestras respuestas y permitir que Dios transforme también esas áreas de nuestra vida.

Porque quizás la meta nunca fue aprender a ser menos intensa.

Quizás necesitamos aprender hacia dónde dirigir esa intensidad.

Antes de irte…

Quiero dejarte una pregunta. No tienes que responderla públicamente ni resolverla inmediatamente. Solo quiero que seas honesta contigo:

¿Qué llevas tiempo diciendo que “no es para tanto”, aunque sabes que sí te está afectando?

Reconocerlo no soluciona todo, pero puede ser el comienzo de algo diferente. Tal vez hoy puedas ponerle nombre, hablarlo con Dios y decidir cuál será ese pequeño paso que darás antes de seguir acumulando.

Bienvenida a este espacio de Delicada como bomba. Aquí no venimos a vivir acumulando hasta explotar. Venimos a aprender a reconocer nuestra mecha, entender qué estamos cargando y transformar nuestra intensidad en propósito.

No fuimos creadas simplemente para explotar. Fuimos creadas para impactar. 

 

Delicada como bomba es un espacio para hablar de fe, emociones, propósito y de esas cosas que acumulamos hasta sentir que vamos a explotar. Aquí aprendemos a reconocer la mecha, procesar lo que sentimos y permitir que Dios transforme nuestra intensidad en impacto.